¿Es posible crear una inteligencia artificial sin prejuicios?


«Una mujer feliz y un hombre serio abrazados en un parque». Que su ordenador ya sea capaz de describir de esta forma las fotos de sus viajes es genial. Y para muchas personas que navegan por internet usando lectores de pantalla es, además, una tecnología casi imprescindible. Todo esto gracias a la inteligencia artificial.

Por supuesto, las máquinas no son perfectas, a veces fallan. Pero últimamente estamos descubriendo algo preocupante: a veces los ordenadores fallan como falla un humano. Para una mujer y un hombre con la misma expresión, los sistemas de inteligencia artificial pueden tender a creer que ella está feliz y él de mal humor. A este tipo de errores les llamamos sesgos, e incluyen tendencias racistas, sexistas, capacitistas… que pueden acabar haciendo daño real a las personas.
Cómo aprende una inteligencia artificial

Crear una inteligencia artificial libre de sesgos es todo un reto. Y todo empieza con cómo hacemos para que esta tecnología 'aprenda'. Al campo de la inteligencia artificial dedicado a este aprendizaje le llamamos machine learning. Aunque hay muchas formas distintas de aprendizaje, la más habitual es el aprendizaje supervisado.

La idea es simple: aprendemos a partir de ejemplos. Y la inteligencia artificial necesita saber para cada ejemplo, qué deseamos obtener. Para aprender a reconocer emociones, necesitamos un montón de fotos de caras con diferentes emociones: felicidad, tristeza, etc. La clave está en que para cada foto, debemos saber qué emoción aparece.

Después, le pasamos las fotos y sus emociones asociadas a la inteligencia artificial. Mediante un algoritmo de aprendizaje, el sistema irá aprendiendo «solo» a relacionar las fotos con las emociones que aparecen. Foto a foto, le pedimos que prediga una emoción: si acierta, seguimos adelante, y si falla, ajustamos el modelo para corregir este caso. Poco a poco, irá aprendiendo y fallará cada vez menos ejemplos. Si lo pensamos bien, no es tan diferente a cómo aprendemos los humanos.

Como se puede ver, en este proceso los ejemplos son fundamentales. Aunque existen avances que nos permiten aprender con pocos ejemplos, o ejemplos con errores, un conjunto de ejemplos grande y bien etiquetado es vital para conseguir una buena inteligencia artificial.

Por desgracia, en la práctica es habitual tener ejemplos con errores. En nuestro caso serían desde caras etiquetadas con la emoción equivocada hasta fotos sin caras o con caras de animales. Pero hay otros problemas, a veces más sutiles y preocupantes: racismo, sexismo, capacitismo…

Y todo esto, ¿para qué?

Todo este asunto de reconocer emociones quizás suene abstracto, pero ya tiene aplicaciones importantes. La más habitual es la tecnología asistiva, como la descripción automática de fotos para personas con problemas de visión. También se usa ya en robots domésticos. Puede aplicarse incluso en medicina, donde se ha logrado reconocer automáticamente el dolor en recién nacidos que a veces no lo expresan a través del llanto.

De todas formas, el estudio de los sesgos en inteligencia artificial va más allá de las emociones. Las tecnologías que desarrollamos tienen un impacto enorme en la vida de las personas. Tenemos un deber moral de asegurarnos de que sean justas, de que su impacto en el mundo sea positivo.

Queremos construir una inteligencia artificial en la que podamos confiar, que nos haga sonreír.


Cayetano Ávila Chivo 4ºF

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