Quién no ha soplado alguna vez un diente de león. Parece insignificante, pero ver todas esas semillas canosas dispersándose a nuestro alrededor con una simple corriente de aire provoca una cierta relajación que es difícil de explicar. En la noticia de hoy veremos un tipo distinto de estas plantas; tan distinto que no se trata siquiera de plantas…
Para medir las temperaturas, humedad y demás condiciones meteorológicas en un terreno, se llevaba un tiempo planteando el uso de sensores inalámbricos repartidos por toda la zona; pero siempre surgían dos problemas principales: el tiempo y el dinero. Producir tantos dispositivos y repartirlos por una vasta extensión no resulta ni rápido ni barato, por lo que el sistema no parecía ser viable… hasta ahora.
A un grupo de investigadores de la Universidad de Washington se le ocurrió la idea del millón tras reflexionar sobre el método que tienen los dientes de león para repartir sus semillas: flotando con el viento gracias a sus vilanos. Plantearon entonces desarrollar unos sensores que pudieran propagarse a través de las brisas, de modo que no hiciera falta colocarlos manualmente alrededor del área correspondiente.
Si querían hacerlo realidad necesitarían que estos fueran lo suficientemente ligeros como para mantenerse en el aire un tiempo razonable y tuvieran una estructura que optimizara el periodo de descenso. Para lo primero optaron por emplear simples ordenadores en miniatura que se limitaran a cumplir su papel como sensores, además de dotarlos de pequeñas placas solares —en vez de usar baterías— con el fin de reducir su peso.
Respecto a la segunda cuestión, probaron más de 75 diseños distintos en busca del que mejor planeara, eligiendo finalmente una estructura —fabricada mediante un proceso de mecanizado láser— formada por varios filamentos artificiales rodeados por un anillo, la cual permite al circuito aterrizar un 95% de las veces con los paneles orientados hacia el Sol.
Ya que las placas solares solo generarían energía para los dispositivos durante el día, decidieron además incorporar condensadores que la almacenaran durante las horas de exposición, de modo que los sensores pudieran funcionar por la noche también.
Durante las primeras pruebas, el equipo utilizó drones para lanzar los aparatos por su universidad, variando ligeramente sus formas y tamaños de forma que adoptaran trayectorias distintas. Aunque pesaran 30 veces más que una semilla de diente de león, pudieron alcanzar distancias de más de 100 metros (un campo de fútbol ni más ni menos).
Pese a haber obtenido resultados exitosos, los investigadores afirman que su proyecto tiene aún mucho camino por delante: planean incluir mejoras como aumentar la biodegradabilidad de los dispositivos, buscar formas de producirlos a gran escala y dotarlos de algún tipo de movimiento autónomo. No obstante, su propuesta ya resulta muy interesante dentro del mundo de las tecnologías en miniatura, y es solo un ejemplo más de cómo la propia naturaleza tiene mecanismos de los que podemos aprender.
Noticia completa (en inglés) aquí.
Alumno anónimo de 2.º de Bachillerato
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