Efectivamente, esta tecnología se está asentando con facilidad. «Smartphones», como el iPhone X y 11 o el Samsung Galaxy S20, permiten su empleo para mejorar la seguridad del dispositivo. Lo mismo ocurre con entidades bancarias, comercios o redes sociales como Facebook. Incluso las empresas automovilísticas están trabajando para adoptarla, junto al reconocimiento de voz, en sus futuros vehículos. Hasta aquí, todo correcto. Sin embargo, cuando se emplea en espacios públicos con fines de vigilancia, ¿qué pasa si falla o se le da un uso erróneo?
«Ante un error del software de reconocimiento, que podría ocurrir, el usuario va a tener muy difícil demostrar que él no estaba ahí. También hay que saber quién tiene acceso a esa información y para qué la va a utilizar. Si hubiese una brecha de seguridad, y alguien la emplease para hacer ver que estaba en un sitio, puede resultar también muy difícil demostrar lo contrario. Por otra parte, si esa tecnología cuenta con mecanismos para reconocer las emociones e intenciones de los ciudadanos, nos encontramos ante otro problema. ¿Qué pasaría si se utilizase esa información para realizar propaganda electoral? La manipulación del ciudadano sería mucho más fácil con esos datos», explica Tejerina.
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ANDRÉS GUERRA BRAVO 2ºA
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